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CASI NORMAL
Siempre camino rumbo al trabajo, una hora a paso rápido. Me disgusta el hacinamiento del microbús, el mal genio del conductor que te exige monedas, el sobajeo que no distingue sexo y ese cocteleo orgánico humillante.
Camino en zigzag, nunca las mismas calles. A guisa de prevenir, oculto la corbata, camisa desabotonada, zapatos sin cordones. Ni reloj ni chaqueta es lo apropiado.
Le temo a los perros, lo peor es que ellos lo saben. Tiemblo entero si diviso uno; hundo la cabeza en el pecho, sudo helado y repto hacia la calle. De seguro se ríen de mí, ni me ladran, les debo causar lástima.
Llevo el personal estéreo apagado, no me pierdo el sonido ambiente, sin pilas, es una cábala.
Cuando no logro conciliar el sueño simplemente inicio el día más temprano, esas horas calladas me ofrecen placeres sólo imaginables en penumbrosa quietud.
Vivo solo y extraño a mis padres. Les causaba muchos disgustos y gastos. Ellos siempre han querido lo mejor para mí y yo deseo lo mejor para ellos que no soy yo precisamente.
Monologo en demasía, casi no me percato de ello. De seguro mis compañeros de oficina dudan de mi cordura, lo adivino en sus miradas huidizas y risa contenida.
A esta hora de la mañana aprovecho de planificar mi día laboral: soy un fanático del cronómetro. Toda acción y tarea tienen su justo momento. En mi libreta de apuntes registro hasta el más mínimo detalle. Cuando los imprevistos me descolocan sacrifico el almuerzo para recuperar minutos valiosos.
Soy un deportista en potencia. Imagino campeonatos mundiales a diario. Participo en todas las disciplinas y me las ingenio para llegar al podium. No soporto perder en la ficción. En la práctica soy un mediocre payaso del fútbol. Eterno reserva que gesticulo, grito y me revuelco a la orilla de la cancha. Eso es lo mío, motivador por extensión tácita.
Soy un maniático del aseo bucal, me obsesiona. No consumo azúcar ni pan, evito las gaseosas, sólo agua: cinco a seis litros diarios. Orino en gran cantidad y con placer, cierro los ojos y sueño. Dejé la carne hará unos siete años ya: me provocaba depresión y vómitos. Ahora opto por las verduras y frutos.
Me declaro un ahorrativo enfermizo. En casa utilizo la misma ropa del trabajo, y ello me ha traído más de una confusión de roles. Las duchas han de ser breves, agua fría siempre. Más de un minuto lo considero masturbatorio. El cabello lo aseo sólo en domingo. Dicen que se cae por efecto del champú. Además poseo inclinación a la calvicie prematura.
Hay una muchacha bien simpática en la empresa. Su nombre es Ely. Confieso que nunca le he hablado. No obstante, la vislumbro muy cercana en la teoría de las casualidades. Ella es una dama muy sensual, puede ser desenfrenada y seguir tal cual dama. Lleva puestas unas piernas que, definitivamente, no son humanas y hacen al resto del cuerpo innecesario.
Sueño despierto en el baño, mi digestión es onírica. Me cosquillean las piernas y el cuerpo se me desinfla. Es bien íntimo esto que cuento. Si lo hago es por una suerte de catarsis, así me libero. Soy muy llano a contar mis trancas.
Me considero un animal sexual, pero en las horas más inoperantes. Sufro de erecciones durante el almuerzo. He identificado los afrodisíacos; pastas y ensaladas me violentan.
Puedo permanecer un par de horas en semejante postura. He aprendido algunas formas circenses para invertir mi infatigable protuberancia. Desde ya no lo aconsejo dado el riesgo obvio de la no regresión del proceso.
Gozo de gran aceptación social dada mi naturaleza mística y etérea; amante del vino y llorón empedernido. Llorón cuando recuerdo a Ely y me da por dudar de su existencia. Capaz que la inventé con mi holográfica mente. No sería la primera vez.
Me han sorprendido acariciando la nada, desgraciadamente hay grabaciones de ello. No les hago daño a las personas con mis actitudes. Reconozco que me disgustan los gatos, son demasiado independientes y bellos, de seguro no existen. Claramente los inventaron los poetas y ahora nadie duda de sus existencias y ronroneo lujuriosos.
De continuo me quedo pegado en la contemplación de una calle nueva para mí. Cada calle es única e irrepetible; tiene su olor particular, su arquitectura propia. Las hay más rápidas. Esas las camino despacito, ocultan sórdidas experiencias. Reconozco mi tendencia a escuchar conversaciones ajenas. Me arrimo a una puerta y llegan a mí, con las voces, sensaciones, ternura, pasión. He sido mudo testigo de rencillas al límite. He vislumbrado agonías desgarradoras. Claro, no tengo pruebas, no puedo introducirme en una casa ajena aduciendo que escuchaba a escondidas.
Por las calles de mi matinal soy conocido como el "loco". Los niños me arrojan piedras y escupitajos. Ello me obliga a idear nuevas rutas, esperanzado en conocer gente que me respete o al menos comparta mi búsqueda eterna.
A veces, agazapado y jadeante, creo estar tras la puerta de la casa de Ely. Puede ser su risa contagiosa quien me lleva ciego de toda sensatez. Me digo que se parece mucho a su silencio esta ausencia tan cercana. No será la primera ni, de ningún modo, la última vez en que me arriesgo a invadir la propiedad ajena.
A veces resultan imitaciones casi perfectas; sólo las delata el largo de su cabello, el color de sus ojos, un lunar en el lado opuesto. De seguro, gesticulo ya fuera de mí. Son burdas clonaciones, todas son ninguna y eso no me contenta. Entonces más nada recuerdo hasta recuperar la conciencia y la casi normalidad.
He recibido golpizas macabras e invalidantes. Se disgustan de sorprenderme espiando e irrumpir, dicen, cual quijote embistiendo las paredes a eso de la medianoche. Luego intento explicarles que se trata de impostoras, que mi Ely lleva consigo unas piernas más largas que toda ella, y más se enojan, limitados, de seguro por sus terrenales sentidos.
Después de todo el dolor sé que me perteneces, pero no del todo aún. Mis contactos del mundo intermedio, dimensión más segura por lo demás, me han insinuado que vives ceñida a un margen lógico y horario, así como en parcialidades. Como si me agradara compartirte con el sobajeo del tictac, de verdad no te concibo fuera de mi aquí ahora.
Si se empeñan en confundir mis nociones de realidad me queda el postrero recurso de poseerte en cósmica intención. Sólo de esa forma sabré que ya no existes sin mi existir. Casi como si tu ausencia fuese tu nunca más y mi por siempre tú. Cómo me explico ahora, que te empeñes en permanecer más allá del deseo, no contacto ni recuerdos me repites, no me busques en el amor, y te buscaré aún en la negación del encuentro.
Hoy, y así día a día, amanezco desparramado sobre las teclas que forman tu nombre. Ya no sé si debo partir o regresar. El día y la noche han dejado de adquirir significado para mi débil comprensión. Tu cuerpo ahora sabe a tinta. Presiento que vendrán por mí si no me apresuro, tras alguna puerta en alguna calle del tiempo me esperas.
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A LA NOCHE SE LE FUE LA MANO
Es increíble como Dios puede jugar con la vida y la muerte en un momento en que el tiempo pareciera no existir.
El día antes a los acontecimientos me revolvía en mi lecho en un sueño atormentado que no termino de recordar. Ahora, al paso de ya muchos años, pienso que mientras dormimos también nuestro espíritu suele quedar en mala postura, y que por ello, algunas mañanas, aun cuando el cuerpo se sienta bien, amanecemos con el espíritu trabado de problemas. Nos movemos todo el tiempo entre los seres y las cosas con el tacto cambiado, predispuestos a toda clase de fracasos.
Y aún se diría que atraemos desgracias y miserias o conducimos nuestro andar cabalmente allá donde hallamos fatales sucesos. Tal vez, lo anterior sólo sea un intento de explicación de todo aquello que nunca he podido comprender, especialmente de las razones que gatillan conductas e historias como las que siguen.
"¡Es mi deber!", fueron las últimas palabras que sentenciaron esta historia. No recuerdo muy bien los detalles y muchos de los motivos tampoco, pero jamás he podido olvidar las distintas contracciones de cara y cuerpo que provoca un mismo incidente.
En el momento de la decisión y antes de articular las terminales palabras, Salvador sintió arder la sangre en sus venas. Era una sensación de angustia y fuego sofocador que se irradiaba con lenta agonía desde sus pies hasta su cara. El epicentro de ese devenir sanguíneo se localizaba en la vena madre de la sien derecha, la que se tornaba, sin descanso, de azul a verde una y otra vez. Dicha arteria parecía latir como un corazón fuera de borda a punto de escapar violentamente; este bombeo incesante oprimía de tal forma el nervio óptico que lo obligaba a parpadear esquizofrenicamente. No sentía llegar el oxígeno a su cabeza y pensaba que ésta estallaría en mil pedazos. Una metálica sequedad se apoderó de su garganta, seguida de una sed quemante. En un instante parecía que la piel se le adelgazara al punto de ceder, de tensa.
Quiso hablar para dirigirse a sus hombres; sin embargo, la voz se le quebró en un ronco arrastre de resecas cuerdas vocales. El miedo lo devoraba, las pulsaciones se sucedían en un incontenible aumento; el sudor, que no se congelaba a pesar de la fría noche, no le permitía observar con precisión lo que estaba sucediendo, solamente veía borrosas imágenes al tiempo que escuchaba ininteligibles voces y ruidos.
Por fin se sobrepuso, logró mover su cuerpo dificultosamente; la atroz sequedad de su garganta que su aliento parecía caldear más y más, sólo le permitió repetir mecánicamente ¡Es mi deber!, en un último estertor de vida Luego, el ruido, dos descargas, dos destinos Estaba el pelotón, constituido por cinco hombres franciscanamente ataviados, premunidos de sus fusiles, sólo uno tenía la bala que nivela la balanza de la justicia social.
Salvador, jefe de fusileros, hombre de menguada inteligencia, pero con un alto sentido del deber y con una moral medieval, ordenó a la guardia de fusileros que se dirigieran al calabozo. Esposaron al prisionero y lo escoltaron, marchando dos adelante y tres atrás. Le vendaron los ojos, lo colocaron de espaldas a la pared. Un cura, él tenía más miedo que todos, acudió a recitar unos tormentosos padrenuestros junto al condenado a muerte.
"¿Cuál es la última gracia que pides?", preguntó Salvador a la víctima.
El condenado solicitó que le quitaran la venda de los ojos y le permitieran ser él mismo quien diera la orden de disparar. El jefe de fusileros accedió, le quitó la venda y le soltó las manos, obligándolo a mirar al pelotón. Mandó al condenado a que alzara la mano, y que la bajara para dar la señal que convocase a la noche eterna.
El condenado, sin un rictus en su rostro, levantó la mano según las instrucciones del jefe de fusileros; los soldados apoyaron las culatas de los fusiles, que pesaban más que nunca, en sus hombros y las caras fijas sobre las culatas, esperando que el prisionero bajara la mano de una vez.
Sin embargo, el preso no la bajó. La mantuvo en alto. Los soldados y el jefe de fusileros se desconcertaron. Fue caótico y desgraciado el tiempo que transcurrió desde esa mano en alto hasta que Salvador, quien por cuenta propia y en forma muy sorpresiva, disparó sobre el condenado y, acto seguido, sin mediar razón aparente, dirigió el revólver a esa sien derecha en donde una ya abultada arteria pareció estallar antes, más por la presión de la sangre que por el contacto del proyectil que atravesó en forma diagonal el rostro terminando por fin con el incontrolable parpadeo.
Lo que sucedió pudo ser producto de la mala postura de varios espíritus, de la religiosidad medieval del jefe de fusileros, del destino o de Dios. Pero yo creo, simplemente, como muchas veces ocurre y sin explicación, que ese día a la noche se le fue la mano.
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EL HECHIZO
Laura vivía fuera de la ciudad, entre árboles añosos, cerca de un estanque. La primera vez que vio al enorme sapo, éste la miraba fijamente desde la orilla opuesta del estanque, inflando y desinflando su gran papada.
La sorprendieron tanto el tamaño del animal y algo en su aspecto que no logró identificar, que volvió al otro día para verlo y también los siguientes. Encontraba al imponente batracio siempre en el mismo lugar. La observaba por algunos segundos y desaparecía entre los matorrales con movimientos torpes.
Un día no estaba ahí y no volvió a encontrarlo en más de una semana. Cuando ya casi había olvidado por qué iba diariamente al mismo sitio, el sapo reapareció. Se miraron fijamente por un largo rato, hasta que el animal hizo con la boca una mueca semejante a una sonrisa, para perderse de inmediato en la vegetación.
Obsesionada, Laura volvió al otro día. El sapo ya estaba ahí y al verla le sonrió abiertamente, mostrando unos dientes blancos y grandes. Con dos torpes brincos, el sonriente anfibio se le acercó y Laura escuchó una voz diciendo:
-Te estaba esperando princesa.
Buscó con la mirada en un intento por descubrir al bromista, pero no vio a nadie.
-Me imagino que estarás pensando que se trata de un truco. Pero no es así. Soy yo, el sapo. Yo te estoy hablando.
La voz era ronca y firme. Laura pensó que ni la mente más afiebrada podría imaginar que tenía frente a sí a un enorme sapo parlante, así que decidió seguir la corriente al bromista, para descubrir donde se ocultaba.
-Sí, dime ¿qué se te ofrece?, contestó en un tono de afectada indiferencia.
-Obviamente no me crees. Déjame tratar de explicarte. Soy Boris, un príncipe encantado. Fui hechizado por mi madrastra, una bruja atractiva, aunque manipuladora y arribista, que se casó con mi padre, el rey, después que éste enviudó. Claro que ella no supo hasta después de casarse, que mi padre se había gastado casi todo el tesoro real en la quimioterapia de mi madre, y lo que quedaba se lo gastaron los caballeros reales en juergas organizadas para curarlo de la depresión, que lo único que le dejaron fue ruina, una cirrosis y más depresión.
-Hmm
-Bueno. Después que se casaron, la bruja tuvo que hacerse cargo de un viejo amargado y alcohólico, mientras yo cursaba mis estudios de Economía. La verdad es Quiero ser totalmente sincero contigo. Yo era bastante vividor, incluso promiscuo. Pero ¡nunca me tenté siquiera con las insinuaciones "amorosas" de mi madrastra! Cumplido un año de matrimonio, la bruja finalmente huyó con uno de los caballeros, pero antes de irse, en represalia contra mi padre y contra mí, me embrujó, convirtiéndome en lo que ves ante ti: un enorme y desesperado sapo.
La voz se quebró y gruesas lágrimas se deslizaron por la cara del animal, que gemía desoladamente.
Al verlo llorar de esa forma, sin reparar en que hacía ya muchos años que no creía en brujas y hechizos, Laura experimentó un intenso deseo de acogerlo en su tristeza y le creyó. Ante su cambio de actitud, el sapo siguió el relato en tono más lastimoso.
-El terrible hechizo del que fui víctima sólo podrá borrarse el día que una princesa de alma pura se enamore de mí. Desde el primer momento en que te vi sentada a la orilla del estanque, hace ya varios meses, supe que tú eres esa princesa.
-Estás en un error. Yo no soy una princesa. Soy una simple estudiante de enfermería.
-¡Te equivocas, tú eres una princesa! Eres la princesa que podrá salvarme.
El voluminoso batracio se acercó para darle un tímido beso. Al hacerlo, repentinamente comenzó a convulsionarse, su cuerpo se infló como un globo y la cara se le deformó. Todos sus músculos permanecieron en gran tensión por unos segundos, hasta que empezaron a relajarse lentamente.
Laura lo miraba expectante, esperando que, al completarse lo que le pareció la inminente reversión del hechizo, tendría frente a sí a un hermoso príncipe, enamorado y agradecido.
Cuando por fin se calmó, seguía siendo el mismo sapo, pero no se veía triste.
-¡Gracias princesa! Apenas me has dado la oportunidad de conocerte y casi cambié. Estoy seguro que con el tiempo me amarás tanto como yo te amo. Entonces sanaré y ¡podremos ser felices para siempre!
Se reunían diariamente en el estanque. Boris la esperaba anhelante y la recibía eufórico. Se escondían entre los árboles a conversar. Él le contaba de su vida anterior, llena de aventuras y anécdotas divertidas. Cuando los recuerdos lo ponían triste, ella lo consolaba hasta hacerlo recuperar el ánimo. A pesar que el cariño de Laura por Boris aumentaba día a día, el hechizo no daba señales de desaparecer.
-Quizás sea porque no le has contado a nadie acerca de mí. ¡No creas que te lo reprocho! Es lógico que te avergüences. Tienes razón de sentirte así. Pero me hace mal. Deberíamos dejar de vernos. Soy como soy y no voy a cambiar. Es mi destino.
-No me avergüenzo -dijo Laura-. Te lo voy a demostrar ¡Hoy mismo hablaré con mis padres!
Hacer entender a su padre que se estaba enamorando de un sapo que en realidad era un príncipe encantado, resultó imposible. Más aun cuando le dijo que pretendía llevarlo a vivir a su casa, para que el pobrecito no se viera expuesto a los peligros de vivir a la intemperie. Su padre respondió indignado que no había pagado uno de los mejores colegios de la ciudad y una carrera universitaria, para que ella terminara conviviendo en su casa ¡con un sapo! ... La discusión terminó en gritos y portazos, con Laura que lloraba con su ropa en un bolso y en la cartera un poco de dinero que su madre le dio a escondidas en la cocina.
Se encontró con Boris en el estanque y mientras ella le contaba lo sucedido, llorando y recriminando al padre por su incomprensión, él comenzó a estremecerse en convulsiones más intensas que antes, se hinchó grotescamente y se estiró en distintas direcciones.
Esta vez, cuando por fin descansó, había crecido pocos centímetros menos de la altura de Laura, sus extremidades se estilizaron, en su rostro se adivinaban claros rasgos humanos y el color de su piel casi no era verde. Aunque todavía era un hombre/sapo, Boris estaba eufórico. Saltaba y se movía alrededor de Laura con movimientos mitad de hombre mitad de batracio, pero que no tenían la misma torpeza anterior y reía en forma sonora. Se abrazaron con fuerza y se besaron repetida y apasionadamente. Cuando comenzaron a hacer el amor, ella creyó que esa sería la causa de una metamorfosis total, pero no fue así.
Laura arrendó un pequeño departamento para ellos en un edificio del centro y aprovechando las vacaciones de verano, buscó trabajo cuidando ancianos, para costear sus gastos. Boris pasaba los días y las noches en el departamento, sin poder salir, salvo cuando lo hacía con Laura, oculto bajo un largo abrigo, sombrero y anteojos oscuros. Estaba irascible y lejano. Por la curiosidad que su indumentaria provocaba en las personas, no podían ir a cines o restaurantes. Las plazas y parques, especialmente aquellos dotados de estanques o piletas, les recordaban dolorosamente su condición.
-¿Quieres salir?
-¿Adónde? No hay lugar en el que la gente no me mire como a un loco ¿Y qué más podrían pensar, con 30 grados de calor y yo tapado de pies a cabeza con ropa de invierno y anteojos de sol?
Laura lo abrazó. Se había acostumbrado al contacto de su piel húmeda y fría.
-¿Me quieres?
-¿Por qué las mujeres siempre preguntan si nosotros las queremos? ¡Esa no es la pregunta en este caso! La pregunta es si ¡tú! me quieres.
-Te quiero.
-¿Sí? Entonces ¿por qué sigo siendo un "sapo"?
-No me lo explico, no te ofendas, pero ¿no será algo relacionado con la bruja o con el hechizo, algo que no me hayas contado?
-¡Claro! Tiene que ser culpa mía ¡Tengo que ser yo el culpable! Por favor, no me atormentes. Piensa en cómo me siento, encerrado en este departamento, sin poder salir, sin nada que hacer y con un cuerpo ¡grotesco!
A veces Laura extrañaba a su familia. No se lo contaba a Boris para no alterarlo inútilmente; tampoco los llamaría. No era que Boris se lo hubiera pedido, pero su padre había sido tan injusto con él sólo porque era un sapo.
Terminó el verano y Laura volvió a clases. Era su último año. Entre la universidad, el trabajo y los turnos del hospital, le quedaba muy poco tiempo para estar con Boris, cuya melancolía y mal humor inundaban el departamento.
-Llegas tarde.
-Sí. Después del turno me quedé a tomar un café con Diana y Sofía, susurró Laura.
-¡Qué bueno que tú puedas ver gente! No te imaginas lo terrible que es no tener a nadie con quien hablar en todo el día. Es lógico que prefieras estar con tus amigas que conmigo. Soy patético.
-No prefiero estar con ellas. Salíamos del turno y me invitaron. Fue sólo un rato.
-No te desgastes en convencerme. ¡A nadie puede gustarle vivir con un monstruo!
-¡No eres un monstruo! Pero desde hace mucho tiempo que casi no me hablas ¿Cuánto hace que no me besas ni al saludarme? Estás siempre distante y cuando me diriges la palabra es sólo para quejarte o para llamarme la atención por algo.
-¿Y qué quieres que haga? ¡Dime! ¿Quieres que espere que llegues, cocinando vestido como "una geisha", mientras tú te diviertes y me engañas quizás con quién?
-¡Para algo que sirvas!
La casa quedó en silencio después del fuerte golpe que Boris le dio en la cara. Sin decir nada, Laura se dirigió a la pieza y sacó su ropa del armario. Buscó el bolso debajo de la cama.
-Perdona, perdóname -le rogó, siguiéndola a la habitación-. ¡No sé qué me pasó! La angustia, el encierro. No volverá a suceder. Perdóname, por favor. Te juro que buscaré ayuda. ¡Hoy vi en el diario un aviso de la Asociación de Hechizados Anónimos! Voy a tratarme. Por favor, no me dejes. Sin ti jamás podré lograrlo, te lo ruego. Lloraba ruidosamente parado en el dintel de la puerta, con las manos sobre la cara. Cayó al suelo en posición fetal, con los brazos rodeando sus piernas. Laura se sentó en la cama. También lloraba.
-Júrame que vas a tratarte de inmediato. No podemos seguir así.
Durante los meses siguientes, Boris asistió religiosamente a las sesiones de Hechizados Anónimos. En una de las sesiones, especialmente intensa, experimentó un nuevo ataque convulsivo de gran violencia, que se prolongó por largos minutos. Completado el proceso, aún temblando, emergió un nuevo Boris: su cuerpo, sus brazos, sus piernas, sus manos, todo era humano.
Pasado un tiempo, se reincorporó a las clases en la Facultad de Economía y encontró trabajo en un banco. Laura dejó de trabajar para dedicarse sólo a sus estudios y a la práctica en el hospital. Así podía volver temprano y esperar que Boris llegara. Él trabajaba mucho, hasta tarde en la noche y también los fines de semana. Rara vez llegaba a la casa de buen humor.
-¿Estás cansado?
-Mmm.
-Qué bueno que no llegaste tarde. Quería hablar contigo.
-Dime.
-Mírame, es importante.
-Sí. Te estoy escuchando. Dime.
-He pensado que podríamos tener un hijo.
Boris no contestó. Se removió en el sillón con la mirada fija en el centro de la alfombra. Por varios minutos ninguno habló.
-Necesito tiempo. No estoy seguro de mis sentimientos. Creo que sería bueno separarnos temporalmente. Para pensar.
-No, por favor. ¿Qué hice? ¿Qué puedo hacer?
-Es que no eres una princesa masculló entre dientes.
-Pero, tú dijiste que lo soy.
-¡Mírate! Tu vida está centrada sólo en mí. No tienes familia, no tienes amigos. Me siento agobiado con esto.
-¡Tú querías que fuera así!
-¡No es verdad! Yo jamás te pedí eso. ¡Nunca! ¿Por qué siempre tienes que echarme la culpa?
Se fue sin llevarse nada.
Después de tres días, un amigo de la oficina retiró su maleta. Después de tres meses, Laura volvió a la casa de sus padres. Cada vez que puede va al estanque. No pierde la esperanza que el hechizo se borre y Boris vuelva a ser su sapo.
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EL RECAUDADOR
Lo vi despertar aterrado, levantarse y buscar a ciegas la pistola que guardaba en el cajón del velador. No la encontró. Su mujer, con una voz a medio camino entre la ternura y la reprimenda, trató de calmarlo diciéndole que había sido otra de sus pesadillas, una de esas tan recurrentes en el último tiempo. No, cariño, no te estás ahogando en un mar de aguas negras; estás a salvo en el apacible y tibio oleaje de las sábanas matutinas. La pistola ya no está ahí; ahora está guardada en otro lugar, lejos del alcance del niño y lejos de tu almohada.
Se quitó la camisa que usa como pijama y se metió a la ducha. Mientras dejaba que el calor del agua se impregnara en su piel y penetrara hasta sus agarrotados nervios, sintió un pequeño zumbido en su oído izquierdo, lo cual le produjo una extrañeza que no duró más de medio minuto. Luego se dedicó a la ardua tarea de afeitar su dura barba, pero por más que pasaba y repasaba su mentón y mejillas, la opacidad de su cara permanecía intacta.
Se lavó los dientes profusamente y al enjuagarse, escupió una pasta de flúor y sangre. Debía ser esa maldita muela que nunca cuidó de llevar al ortodoncista. Trató de vestirse lo más rápido posible, sin regodearse demasiado en las prendas que utilizaría esa jornada. Al llegar al comedor su mujer lo esperaba con el desayuno servido y con una mirada reprobatoria, motivo por el cual tuvo que cambiarse la corbata dos veces.
Nunca se pudo acostumbrar a utilizar ese lazo sobre el cuello: siempre sintió que era como utilizar una correa de perro, más estilizada, pero con la misma función. De tres mascadas y cuatro sorbos acabó con el alimento más importante del día, se puso el vestón y fue a la pieza donde dormía su hijo. Abrió con sutileza la puerta, se acercó con cuidado para no hacer ruido y le besó una mejilla.
El niño apenas se movió, sólo lanzó un suave gemido. Volvió tras sus pasos y en la puerta principal de la casa le dio un beso fugaz a su mujer, comprobó el contenido de sus bolsillos y, al percatarse de que todo estaba en orden, partió rumbo a su trabajo.
Tampoco se dio cuenta de mi presencia cuando cruzó el imponente portón de vidrio y metal del edificio para adentrarse en la colmena. Al cruzar los diversos pasillos que lo conducían a su oficina, sintió o, más bien, imaginó sentir las punzantes y venenosas miradas de todos quienes aspiraban a su puesto, aquellos rostros cordiales que esperaban un pequeño traspié de su parte para abalanzarse, como carroñeros, sobre su malograda imagen empresarial.
Se ha mantenido diecisiete años evitando darles en el gusto, catalogando amigos y adversarios, desconfiando indiscriminadamente de ambos. Extrajo una tarjeta magnética de su bolsillo y la deslizó torpemente por la ranura. Al encenderse la luz verde, empujó la puerta e ingresó al cubículo. Sobre su escritorio lo esperaba ya el maletín que por tantos años ha paseado por las calles céntricas de la ciudad. Una molesta sensación de vértigo, acompañada por un sudor frío, lo obligaron a sentarse unos momentos en su silla. Tratando de disimular su malestar, hurgueteó en sus cajones y fingió acomodar algunos papeles hasta que se sintió preparado para realizar una de las labores de mayor responsabilidad dentro de su sección.
Nunca quiso preguntar, por miedo a ser indiscreto, qué era lo que recolectaba dentro del maletín mediante herméticas transacciones; tan sólo le bastaba saber que se trataba de documentos valiosos, de mucho dinero, tanto que era mejor no pensar siquiera cuál era la cantidad. Era su trabajo y no merecía más cavilaciones. Salió de la oficina con la boca reseca y casi sin saliva.
No sé si su paranoia le habrá servido para percatarse, o al menos intuir, que lo estaba siguiendo. En reiteradas ocasiones miró hacia atrás, pero nunca logró verme. Debió pensar que alguien sin rostro lo había designado como su presa y lo esperaba en algún escabroso rincón de la ciudad. Su pulso fue paulatinamente aumentando hasta que pudo escuchar sus propios latidos, como tambores tribales, pulsando en sus oídos. Las calles, tantas veces recorridas, se transformaron en un enorme puzzle, un acertijo de concreto, semáforos y señales contradictorias que lo confundían.
Sentía el maletín más pesado que de costumbre, tanto así que su brazo izquierdo comenzó a acalambrarse. Antes que el pánico lo invadiera, optó por ingresar a un concurrido café con el fin de descubrir si efectivamente alguien lo seguía. En el lugar, se dedicó a escrutar con nerviosismo a todos los nuevos clientes. Creo que no me consideró una amenaza, sino más bien se quedó largo rato contemplando a un joven vestido finamente hasta que abandonó el lugar.
Esperó otros diez minutos en el local, haciendo pésimos esfuerzos por demostrarle a la mesera que se encontraba bien. Al salir, una garra invisible se ensañó con su pecho, mientras la asfixia hacía de su esófago un rosario de nudos. Se desplomó. Al instante un montón de curiosos contribuyó a cortarle el suministro de aire. Me abrí paso entre la multitud diciendo que era médico. Respiraba con dificultad cuando tomé su cabeza y la acomodé en mi regazo. Me miró en busca de las palabras de aliento que necesitaba oír. Pero no sé lo di. Entonces creyó reconocerme.
-¿Vienes por el maletín? -preguntó entre jadeos difícilmente audibles.
-No.
-¿Quieres mi puesto en la oficina?
-No, ya tengo un trabajo igual de ingrato.
No quise demorar la transacción, así que apresuré el segundo y fatal infarto. Durante un minuto me detuve a contemplar la oscuridad que, como petróleo, se derramó sobre sus ojos inmóviles.
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EL REENCUENTRO
La cárcel deja mucho tiempo libre para divagar sobre el futuro, o bien, para pensar en el pasado, y en este momento, Juan Andrés, mientras espera la visita de su padre, quien nunca ha faltado a la cita, piensa en los hechos que ocasionaron la pérdida de su libertad, el desprecio de la sociedad y el olvido de sus amigos.
Mientras se pasea por el pabellón, acude a su mente el recuerdo de "ella". Recuerda el noviazgo y después la boda, con más de cuatrocientos invitados, un matrimonio acorde con el sitial que ocupan en la sociedad ambas familias. La hermosura de la novia es la envidia de las amigas y la mayor felicidad de él, ya que la ama con todas sus fuerzas.
A cuatro años del matrimonio la familia ha aumentado. Dos niños dan mayor alegría a este joven matrimonio, al cual la vida trata muy bien.
La nana, Estrella del Carmen, mujer sencilla, venida desde un pueblo del sur, está con ellos desde el nacimiento del primer niño, los quiere como si fueran sus propios hijos -los que ella no tiene-. Es soltera, no tiene tiempo para el amor, al menos por el momento.
María Luisa ocupa gran parte de su tiempo con sus amigas, reuniones sociales, visitando a sus padres, que viven en la misma cuidad, o bien, si el tiempo lo permite, haciendo arreglos menores en el antejardín de la hermosa casa que él adquirió en un condominio de un sector exclusivo.
Al atardecer de un día lluvioso, al volver Juan Andrés de la empresa de su padre, de la cual es el gerente, María Luisa no estaba en casa. "Fue a ver a los padres", dijo Estrella del Carmen. El no se extrañó mayormente, ya que su esposa acostumbraba a visitar a los padres periódicamente, sólo que normalmente su regreso a casa es antes que él vuelva de sus actividades laborales, momento cuando disponen de más tiempo para compartir en familia.
A las 11 p.m. María Luisa llamó por teléfono para decirle que regresaría el día siguiente, ya que esa noche se quedaría en casa de sus padres para acompañar a su madre que se encontraba algo descompuesta. Su suegro le envió saludos y le recomendó que cuidara bien a los niños.
El día siguiente transcurrió en forma normal. Juan Andrés volvió a casa a la hora acostumbrada, pero María Luisa aún no había regresado, por lo que tomó el teléfono y discó el número de la casa de sus suegros. Insistió cuatro veces antes de decidirse a ir personalmente ya que sus llamados no eran atendidos.
En el antejardín de la casa de su suegro había un letrero de venta y el número telefónico de un corredor de propiedades. Extrañado consultó a los vecinos, quienes le comentaron que el matrimonio y los hijos habían marchado de madrugada ya que debían abordar el avión que los llevaría a Europa, específicamente a Alemania, país en el cual el suegro había obtenido un contrato laboral que le significaría generar fabulosas ganancias en los años venideros.
No recuerda con exactitud su vuelta a casa. Se ve revisando los closets vacíos de su esposa. No había nada. Consulta a Estrella del Carmen si se percató cuando la señora sacó los efectos personales de la casa. Vino un vehículo, me comentó, a recoger lo que eran donaciones de caridad ya que renovaría todo su vestuario.
Después de algunas gestiones pudo confirmar que su esposa se había marchado con los padres; los abandonó a él y a los niños, sin tener motivo aparente, y sin haberle dado indicios de lo que tenía pensado hacer.
Los años venideros fueron duros, debía cumplir sus funciones en la empresa, su rol de padre y suplir a la madre ausente. Además, Estrella del Carmen, después de ocho años de abnegada labor, le comunicó que se retiraba, ya que deseaba formar su propia familia, tener su hogar propio.
Una mañana de abril fue visitado en la oficina por su amigo Cristóbal Muñoz, quien le informó que acababa de encontrar a María Luisa, la cual le había comentado que regresó a buscar a los niños.
Se desesperó. No quería salir de la casa. Envió a los niños con sus padres y estuvo atento a toda persona y vehículo extraño que circundaba por el condominio. Su espera duró dos días. Un vehículo se estacionó frente a su casa, descendió una mujer hermosa a la cual reconoció inmediatamente.
Era "ella". Se veía más joven de lo que se la había imaginado durante todos esos años de ausencia, años durante los cuales siempre soñó con un reencuentro y las características que éste tendría. Verla y darse cuenta que aún la amaba fue un relámpago. Deseó salir a su encuentro y decirle que la perdonaba, que empezaran de nuevo, que aún era tiempo. Un hombre bajó del auto se acercó a ella y la besó. Su entusiasmo desapareció de un plumazo. El odio que acumuló durante tanto tiempo afloró en forma violenta. Corrió al dormitorio en busca del arma y esperó a que ella llegara.
Abrir la puerta y disparar fue un solo movimiento. No recuerda los hechos siguientes. Sus recuerdos saltan al instante en que el juez le explica las características de su sentencia, la cual se ha disminuido al mínimo gracias a los buenos oficios de su abogado defensor. Este, entre otros argumentos, explicó que su defendido nunca pretendió dar muerte a persona alguna. Menos a la hermana menor de su esposa. Y que en realidad lo ocurrido fue producto del velo rojo que cubrió la visión del acusado, ocasionado por la imagen de infidelidad de la mujer que confundió con la que legalmente era su esposa.
En ese momento se dio inicio a las visitas semanales. Ve venir a su padre. Se ve más cansado de lo normal y probablemente hará esfuerzos para convencerle de los avances de la apelación, una apelación que nunca llega.
Ella está solicitando la tuición de los niños, argumentando la incapacidad física y mental del padre para cumplir con este cometido.
Él cree que no vale la pena seguir viviendo...
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LA CONJURA
-¡Ay Señor! ¿Cuándo tendré despejado de papeles mi escritorio? dijo Arturo Meza mientras se estiraba y observaba los distintos lotes de documentos que permanecían encima. En realidad es mejor tenerlos, que no tenerlos, pensó filosóficamente.
Se levantó y dirigió al baño pensando en la prioridad que le daría a sus actividades pendientes, traspuso la puerta del recinto de los urinarios y se ubicó en el último de ellos situado al lado de la ventana que daba al exterior.
Evocó un sauce y un riachuelo mientras descargaba su hinchada vejiga mirando hacia la calle, distante seis pisos más abajo. Eran casi las doce del día, el ajetreo peatonal y vehicular estaba en constante aumento a esa hora en la calle principal del sector de la empresa donde él trabajaba.
La calle transversal, Capitán Suárez, al costado del Ministerio de Transportes, se encontraba repleta de autos aparcados en ambos lados de la calzada, quedando un estrecho espacio para el paso de los vehículos que, en ese momento, se encontraban detenidos detrás de un Citroën Visa color caramelo adentrado ya unos cincuenta metros al interior de la callejuela.
El conductor de éste conversaba animadamente con el encargado de los estacionamientos, y señalaba un imponente Volvo color azul marino estacionado al lado izquierdo. El ruido de las bocinas de los vehículos embotellados lograba llegar a los oídos de Arturo a pesar de los seis pisos y los gruesos vidrios antirruidos que protegían al edificio.
Se subió la bragueta del pantalón sin despegar sus ojos del Citroën. El encargado se separó de la puerta del coche causante del taco. Desde esa altura el profesional pudo fijar la vista ahora en su conductor. Era un hombre joven, muy pálido, -considerando el caluroso verano-, usaba bigote y su pelo se veía más largo que el común de los hombres.
Esos tres minutos le sirvieron para despejar un poco su mente, lavó sus manos y se mojó la cara, sacó una toalla de papel del dispensador, se secó rápidamente y se dirigió a su escritorio para proseguir con sus tareas. A la una y media de la tarde, su hora de almuerzo, se levantó y nuevamente se dirigió al baño, se lavó las manos, se secó, se acercó a la ventana y dio una distraída mirada hacia la calle.
En ese preciso instante por la puerta lateral del Ministerio, salía el conocido ministro acompañado de sus dos guardaespaldas. Uno de ellos miró hacia todos lados mientras el otro le abría la puerta posterior derecha del Volvo azul marino. Ambos guardias subieron a los asientos delanteros del extraordinario coche y luego de maniobrar, partieron a moderada velocidad.
El encargado de los estacionamientos colocó en el espacio desierto un caballete metálico para reservar el lugar del secretario de estado.
DOS
El hombre es un animal de costumbres, y Arturo no era la excepción. Al día siguiente un poco antes de las doce, nuevamente se levantó con destino al baño. Ya sabía el porqué de esa rutina diaria casi exacta; la única explicación era que el desayuno lo tomaba en casa a las siete, luego en la oficina se tomaba un café a las nueve y otro a las once con un vaso de agua, por lo tanto no era nada raro que su reloj biológico le funcionara casi con precisión suiza.
Efectuó los mismos movimientos, se ubicó en el urinario pegado a la ventana, una mirada hacia la calle...
-Pero, ¿qué es esto? -dijo en voz alta.
Una escena exacta al día de ayer se estaba repitiendo, el mismo Citroën color caramelo, el mismo conductor, una hilera de autos hacia atrás, el bocineo audible y el Volvo azul del ministro estacionado allí.
Se pegó a la ventana y observó con atención. En ese preciso instante el joven conductor pálido y bigotudo entregaba una caja metálica por la ventana del auto al encargado del estacionamiento. Este se puso de espaldas a la hilera de vehículos y la abrió con mucho cuidado. Desde esa altura, Arturo vio dentro de ella tres formas cilíndricas color marrón y de unos veinte centímetros cada una, enseguida el hombre la cerró presionando cada una de sus esquinas. El Citroën caramelo aceleró bruscamente y se perdió calle adelante.
El encargado miró hacia todos lados, hurgó el bolsillo de su pantalón y sacó una llave, abrió rápidamente la puerta delantera del Volvo del ministro e introdujo su mano izquierda para levantar el seguro de la puerta trasera mientras que su mano derecha sostenía la caja.
Se instaló en el asiento trasero, se ladeó, se agachó y al cabo de unos dos minutos abrió la puerta y salió, no llevaba la caja, se sentó al volante un minuto, luego abrió el capot del automóvil. Nuevamente entró al coche, tomó la misteriosa caja... ¡y la metió dentro del capot!
La adrenalina aceleró seriamente el corazón de Arturo Meza.
-No puede ser cierto lo que estoy viendo musitó, y de inmediato saltó a su memoria el atentado sufrido por un ex embajador en Washington hacía ya varios años.
Eran las doce y cinco minutos del viernes once de marzo de 1988.
TRES
-Por la cresta, ¿qué puedo hacer? Hoy es once, aunque sea de marzo, pero es "once". ¿Qué puedo hacer? -se repetía con las manos en la cabeza mientras se paseaba en el baño-. Tengo que hacer algo para que no suceda, es mi deber denunciar este hecho, sabía que el chascón del auto tenía pinta de terrorista. ¿Qué más emblemático para los opositores a este régimen que un atentado a un ministro en este mini aniversario del once de septiembre?
Como el encargado conocía la rutina del ministro, la bomba con seguridad estallaría cuando éste saliera en el auto en compañía de sus hombres, a la una y media o después. El hombre cerró de un golpe el capot, dejando la caja en su interior.
Arturo salió en estampida del baño en dirección a las escaleras con la intención de bajarlas lo más rápido posible, el elevador sería demasiado lento para el estado de sus nervios. Recordó que iba sin su chaqueta y se devolvió a buscarla. Allí tenía todos sus documentos de identificación por si se los pedían. Trataría de llegar hasta la oficina misma del ministro, a cualquiera en el Ministerio no podría contarle, sabía que en un complot de esa envergadura había decenas de conexiones en las cuales podrían estar implicados su secretaria -la persona más cercana-, el subsecretario, los directores, jefes de servicio, es decir, todos... o cualquiera.
Bajó de dos en dos los escalones de los seis pisos, llegó hasta la planta baja acezando, el corazón se le salía por la boca. En la puerta detuvo su carrera. ¿Qué estaba haciendo? Era una imprudencia para el, su familia y sus parientes si trascendía que él era el autor de la denuncia de ese intento de magnicidio. La "vendetta" no se haría esperar. Se regresó por el elevador hasta el sexto piso y entró a una sala de reuniones que se encontraba desocupada, cerró la puerta con llave, cogió el teléfono y marcó el 133.
-Carabineros de Chile, ¿en qué lo puedo ayudar? -respondió una voz femenina al otro lado de la línea.
CUATRO
-Señorita, en este preciso momento se está gestando un atentado al ministro de transportes, revisen su Volvo azul, en el capot y en los asientos delanteros y traseros e interroguen al encargado de su estacionamiento...
-Repita, señor... -alcanzó a decir la funcionaria antes que Arturo colgara el teléfono. Sabía que se podía detectar el llamado a partir de los quince segundos. Transpiraba copiosamente y se sentía agotado por la tensión nerviosa.
Luego de descansar y relajarse unos quince minutos, abrió la puerta de la sala y se dirigió a su puesto de vigía en el baño. Se acercó a la ventana y desde allí observó al bus de carabineros que recién se había apostado al inicio de la calle Capitán Suárez. La cercanía del palacio de gobierno hizo que la respuesta fuese casi inmediata. Una decena de hombres equipados de cascos con protectores, escudos de metal y chalecos antibalas caminaba cautelosamente por la vereda de enfrente en dirección al Volvo azul. Otros tres hombres vestidos como robots descendieron de un camión blindado color verde.
Arturo bajó corriendo las escaleras y salió a la calle en dirección al Ministerio. Contó cinco autopatrullas y ocho motos. Un oficial con un altavoz advertía a los transeúntes:
-¡Despejen la calle, nadie puede traspasar los cordones policiales!
Unos treinta carabineros retenían a los peatones a unos cien metros de distancia de la entrada de la repartición pública. A mitad de esa distancia se encontraba el ministro, cuatro carabineros, sus dos guardaespaldas... y el hombre del estacionamiento. Meza se aproximó lentamente para que no lo alejaran, se puso la credencial de su empresa en la solapa, se caló las gafas y luego se confundió con el grupo de presurosos periodistas del diario cercano que venían llegando a cubrir la noticia.
Lograron acercarse a unos cuatro metros del ministro:
-...Responda lo que le están preguntando, Cortínez decía.
-Pero, señor ministro, si siempre le lavo y limpio el auto, incluso usted me facilita las llaves para que lo haga, yo no he hecho nada que vulnere la ley -decía el hombre con su técnico vocabulario.
Su natural palidez se acentuaba por los tres cañones de las Uzi que lo apuntaban.
-Ahora quiero escuchar yo la versión de los hechos dijo perentoriamente el capitán de carabineros a cargo de las fuerzas.
-Y dele con que mea la gallina, tercera vez... -respondió con increíble desparpajo el conspirador.
-Anote cabo, desacato a la autoridad, lo que, sumado al cargo por acciones terroristas, estimo unos quince años de reclusión, como mínimo sentenció el oficial.
El estacionador miró al cielo y abrió los brazos en cruz y prosiguió su relato.
-Todos los días mi hijo Pedro me trae la colación como a las doce, hoy también me la trajo, en el Citroën.
-¡Basta! -interrumpió el oficial-, quiero que me diga de inmediato qué tipo de explosivos puso en el auto del señor ministro, aquí presente, porque lo vieron instalándolos en los asientos delanteros, traseros y dentro del capot del Volvo. ¿Es mecanismo de relojería o control remoto? ¿Cómo se activará la bomba y a qué hora está fijada la explosión? ¿Es plástico, dinamita o trinitotolueno?
Una estentórea carcajada sacudió al encargado; el ministro y los policías se sobresaltaron y retrocedieron un paso mientras montaban sus armas automáticas.
-Tranquilidad, jefe, tranquilidad, no me han dejado explicar con tanta interrupción. No es ni de plástico ni de polietileno, es de lata. Mi hijo me trajo la colación, me senté en el asiento trasero a comerla, pero estaba fría y me puede caer mal al hígado, entonces me cambié al asiento delantero y encendí el motor, luego abrí el capot y metí allí la caja de lata para que se calentara mi comida, es como si la pusiera en el microondas, con ocho minutos quedan perfectos para comer los tres churros que hoy me mandó mi esposa, uno relleno con queso, otro con carne molida, y de postre, el tercero relleno con manjar blanco, mi postre favorito. Usted sabe jefe que mi abuelo era descendiente de...
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LA MUJER DE MIS SUEÑOS
En ciertas ocasiones nos suceden cosas que jamás nos atrevemos a contar, tal vez por temor a la incredulidad de la gente o quizás porque ni siquiera uno mismo lo cree.
Una noche tarde por el Barrio Vista Hermosa -no recuerdo la hora, salvo que no andaba mucha gente-, meditaba. No hace mucho que me había separado de mi esposa, me sentía abatido, solo y triste. Era una noche estrellada, fresca, que daba lugar a que la mente comenzara a fantasear y a mirar el mundo de distintos puntos de vista. No es extraño encontrar personas por esos lugares haciendo lo mismo. Pero esa noche era diferente.
Entré a una taberna, ubicada en uno de esos pasajes sombríos y misteriosos, necesitaba estimularme con algo. Tequila tal vez o un whisky podrían ayudarme. Rápidamente los tragos hicieron efecto en mi organismo y comencé a sentirme un poco mejor. Miré a mi alrededor y noté que la gente, la mayoría no hablaba. Algunos me observaban y otros susurraban entre sí.
Había un silencio algo extraño para un lugar en ese sector de Santiago, bohemio por excelencia. Pero, no me importó demasiado. Estaba sumido en mis propios problemas como para prestar atención a las actitudes de los demás. Sin embargo, conforme pasaban los minutos, empecé a sentir la sensación de que algo no andaba bien.
Al lado de mi asiento se encontraba una pareja de amigos que comentaban una pelea en plena calle antes de entrar en el lugar:
-¿Qué tal amigos? ¿Ha pasado algo allá afuera? -pregunté.
-Nada importante, una pareja de novios discutía y ella le mandó una cachetada a él, quien respondió con una atropellada de puñetazos y patadas. El tipo estaba fuera de control, tuvieron que quitársela o la mataba. Luego llegó la policía llevándose a los dos.
-¿Cómo puede haber gente así? No lo entiendo. Quise alargar un poco más la charla, pero noté que los amigos no querían conversar conmigo, así que mejor me quedé callado. Si hay algo que he aprendido en la vida, es a saber emprender la retirada en los momentos justos.
Continué mi trago sumergido nuevamente en mis pensamientos, alejándome del resto, cuando de repente una mujer de unos cuarenta años de edad más o menos, hermosa, con un rostro angelical que derrochaba dulzura y ternura, se acercó pidiéndome fuego para encender un cigarrillo y se sentó a mi lado.
-No hagas mucho caso de esta gente -me dijo-, vienen seguido y se ha formado una especie de cofradía entre ellos, ya que se conocen hace mucho tiempo, son muy celosos con los desconocidos, pero es porque no desean conocer a nadie que no venga con ellos. ¿Eres de por aquí?
-No, vivo al otro lado de la ciudad, ¿y tú?
-Eso no importa, lo importante es que estamos aquí y el que viene por aquí es porque tiene algún problema ¿de amores quizás?
Me causó extrañeza su interés repentino y quise preguntar el porqué, pero algo me contuvo y le conté lo que me pasaba, mi separación y mis preocupaciones. Estuvimos largamente charlando, bueno en cierta forma yo hablaba y ella sólo escuchaba; los demás empezaban a retirarse del local, sin antes dirigirme una mirada al salir. Era una mirada fúnebre, pensé que se debía probablemente al alcohol o al trasnoche. Pero había algo en esas expresiones, un dejo de amargura, de emociones encontradas, de miedo. La mujer me observaba, pero su expresión había cambiado, ya no era el rostro angelical de hace un momento.
-Es tarde -comenté.
-Aún no lo es, todavía hay cosas que quiero mostrarte.
-Quiero que sepas que no ando de ánimos para el sexo.
-¿Crees que es lo único que busca una mujer sola que se atreve a buscar conversación con un extraño?
-Lo siento, discúlpame, es que no es mi mejor día.
-Ni lo será.
En ese momento me invadió un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, el cual no respondía a las órdenes impartidas por mi cerebro. Ella me miraba y era como si me hipnotizara. Sus ojos grandes y pardos llenaron mi interior de sensaciones inexplicables, era como si leyera mis pensamientos y poco a poco el miedo se fue encargando de mí, paralizándome, era como la serpiente que inyecta su veneno a su presa para que no se pueda mover.
Lentamente tomó mi mano y me dirigió hacia la calle, yo sólo la seguía. Afuera la noche estaba transformada, las estrellas desaparecieron y una niebla intensa se apoderó de las calles. Ya todos se habían ido. Sólo dos sombras se divisaban en esa tétrica oscuridad. Me guió por otros pasajes alejándonos cada vez más de la ciudad. Caminábamos lento, pero parecía que avanzábamos una enormidad.
De pronto llegamos a nuestro destino, una vieja casona de unos cuatro pisos; abrió la puerta y subimos por una escalera larga, llegando al último piso. Al final del corredor una puerta abierta dejaba entrever una luz tenue, rojiza, con un olor semejante al de un cabaret. Se escuchaban risas locas y jadeos, también se oían gritos desgarradores, llenos de espanto y dolor.
La mujer iba delante de mí y parecía ya muy diferente a la que encontré en la taberna. Sus vestidos eran rasgados y sueltos ahora; su cabello largo estaba deslucido y blanco. No podía verle el rostro, pero mi imaginación empezaba a hacer estragos en mi cabeza. El corredor parecía demasiado largo, ya que cada paso que dábamos alejaba más la puerta. Necesitaba creer que esto era nada más que un sueño, una pesadilla, pero no conseguía despertar.
Mis pies cansados se desvanecían, los gritos y risas se hacían cada vez más estridentes. Cuando llegamos al umbral, la mujer se dio la vuelta y al verla un terror sacudió mi cuerpo. Su rostro era blanco como la nieve y sus ojos estaban vacíos, una sonrisa misteriosa y fría, helaba hasta lo más profundo de mi ser. Con espanto me di cuenta de que no podía zafarme de ella y que mi cuerpo no obedecía a mi cerebro.
Una vez que entramos a la habitación, cesaron los gritos, las risas y llantos, las luces se normalizaron y la mujer que me conducía volvió a ser la misma de antes. No podía creer que esto me estuviera pasando, parecía tan real la visión que no daba crédito a la situación.
-¿Qué pasa amigo? -me dijo-. Parece que hubieras visto un fantasma.
-Algo así respondí-. ¿Por qué me trajiste a este lugar?
-Yo no te traje, tú me seguiste.
En ese momento un escalofrío se paseó por mi espalda, y es que era verdad lo que decía, yo la seguí, pero no por mi voluntad, sino que una fuerza extraña me forzaba a hacerlo.
Se sentó en la cama, que curiosamente era el único mueble que había en el cuarto, y me miró. Instintivamente me senté a su lado, ya que no había otra cosa en qué sentarse. Estaba muy cansado. Ella acarició tiernamente mi cabello y me besó, luego me recostó y empezó a jugar con sus manos en mi cuerpo. El relajo empezó a sentirse en todo mi ser, quedándome dormido. En ese lapso tuve un sueño; mi ex esposa me esperaba en el umbral de la puerta de nuestra casa, con una sonrisa que daba lugar a los más maravillosos sentimientos, yo corrí a su encuentro y ella alzaba los brazos para estrecharme.
Justo en el momento en que me disponía a abrazarla, ella me frenó y me volteó de una cachetada, gritando ¡despierta, despierta! En ese instante abrí los ojos y con espanto alcancé a divisar la punta de un cuchillo que bajaba a toda velocidad del techo. Alcancé su mano, que estaba toda huesuda y pegajosa, y con todas mis fuerzas la empujé como a dos metros de mí. Me afirmé del respaldo de la cama y otra mano, no sé de quién, me agarró. Iba a zafarme cuando me atraparon del otro lado, esta vez eran varias manos.
No podía creerlo, pero cuando me fui acostumbrando a la oscuridad, divisé unos cuerpos que no tenían rostros, gemían y gritaban en forma estridente y enloquecedora, y mi alma empezó a horrorizarse. La mujer se levantó nuevamente y se abalanzó puñal en mano sobre mí. Con todas mis fuerzas logré soltarme y me lancé hacia un rincón de la habitación. Las luces comenzaron a estallar sobre mí y esos cuerpos comenzaron a rodearme. Me levanté y como pude me abrí paso a través de ellos, divisé una ventana y me arrojé al vacío gritando.
Con horror veía cómo se me iba la vida, miré hacia atrás un segundo y vi a la mujer que me mostraba sus blancos dientes con una sonrisa aterradora. Cerré fuertemente los ojos y al abrirlos, de un salto noté que aún estaba en el bar sentado con el mismo trago en la mano. Mi corazón estaba agitado y mi pulso revolucionado, quizás qué cara tenía ya que los demás seguían viéndome extrañamente.
Me tranquilicé, terminé mi trago, dejé unas monedas y me levanté para irme. Di unos pasos hacia la puerta la cual se abría lentamente. Detrás de ella aparecía una mujer y mi estómago subía a mi garganta. Cuando la miré bien, quedé atónito. El mismo vestido, la misma figura de la mujer de mi pesadilla, pero la cara había cambiado: era mi esposa. Me miró asustada y se abalanzó hacia mí, me abrazó tiernamente y me besó. Extrañamente había tenido el mismo sueño que yo y noté con alegría que esa situación nos acercó más.
No hablamos del tema y jamás volví a ese bar ni a ese barrio. Pero en mis sueños se aparece de vez en cuando aquella mujer en el mismo bar conversando con un hombre. Yo me encuentro en otra mesa con otras personas que aún no conozco y lo miro con desconsuelo.
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PATA E CHANCHO
El gringo está triste, abatido moralmente, con su metro ochenta y cinco de estatura y su corpachón de 110 kilos. Vaga taciturno por los recintos de la fábrica. "El abuelo Heidi", apodo cariñoso por su parecido con el personaje de la teleserie infantil, con su barba blanca e hirsuta y sus diáfanos ojos color cielo, a ratos se detiene con la mirada perdida en el vacío, ausente.
Los trabajadores de Mantención comentan en voz baja el cambio de conducta de su jefe, habitualmente alegre y extravertido. En pasillos y en corrillos de tres o cuatro personas analizan el comportamiento raro, excéntrico si se quiere, del abuelo:
-¿Qué le pasa al gringo? -preguntan algunos en voz queda- ¿Qué bicho le picó?
Pero todos a priori conocen la respuesta.
-El gringo tiene su corazoncito, tercia uno. A pesar de su estatura y físico impresionantes, herencia genética de los antiguos vikingos, saben que en su fuero íntimo alberga un corazón tierno, cálido -de abuelita-, opina Ricardo Palma, puente cortado.
-El jefe es requete buena persona y está muy afectado por el suicidio de Pata e chancho -agrega el chico Ruiz-. De alguna manera se considera culpable, pero él no tiene na que ver, opina Julio Jara, apodado el muñeco.
-Es el destino nuestro, es el sino de la mala suerte que acosa y persigue a los pobres. Las desdichas y las desgracias son el pan de cada día de nuestras míseras existencias. Ahora le tocó al Pata e chancho, mañana a nosotros. La delantera no más nos lleva el finao, concluye otro miembro del grupo.
La crisis asiática y sus catastróficos efectos en la economía nacional, afectaron en forma severa al sector industrial, registrándose una caída en las ventas, en el rubro alimentos, de alrededor de un 8% y con una tasa de desempleo de 11% al mes de diciembre de 1999. La recesión restringió el consumo y los supermercados, por citar sólo un área de la actividad comercial, terminaron con un decrecimiento de un 2,1% respecto de 1998.
Por otra parte, la globalización de los mercados, el desarrollo de las comunicaciones, la modernización del transporte por tierra, mar y aire, obligaron a las empresas a la aplicación de drásticas medidas de racionalización y reducción de costos, única manera de mantenerse vigentes en el mercado y así sobrevivir a la feroz competencia interna y externa, incluso con productos y fábricas extranjeras, propiedad de la misma compañía.
Para paliar la crisis y elevar y mejorar el nivel de competitividad hubo necesariamente que reducir los costos fijos mediante el despido de trabajadores, medida si bien extrema, necesaria para capear el temporal y adecuarse a los requerimientos de la hora presente.
Los trabajadores, conscientes de estas dificultades, aceptaron no de muy buen grado las decisiones de la compañía. Saben que es importante mantener la fuente de trabajo y que lamentablemente era necesario y conveniente que algunos pocos se sacrificaran por la mayoría.
Era el costo que había que pagar por la crisis proveniente del Asia. En todo caso, una vez más la empresa demostró un alto espíritu social y solidario despidiendo a los trabajadores de mayor edad, ya jubilados o próximos a acogerse a retiro, a quienes les canceló un mes por cada año de servicios, otorgándoles adicionalmente un plus de un 20%.
Además, están en conocimiento de los pronósticos para el año 2000, gracias a las informaciones entregadas por los ejecutivos y por los propios dirigentes sindicales. Los precios de los alimentos evolucionarán a un ritmo inferior al previsto para la inflación promedio, la que se estima del orden del 3,5%, según proyecciones de los expertos oficiales.
La medida de reducción de personal golpeó brutalmente a los trabajadores y en particular al departamento de Mantención, que experimentó una merma de un 25% de su dotación, la cuota más alta de la fábrica. Entre los desahuciados figuró Ramón Oyarce, alias el Pata e chancho, trabajador de 56 años de edad y con una antigüedad de más de 35 años en la empresa.
La decisión sorprendió y alienó al Pata e chancho, pues para él abandonar la fábrica era una desgracia irreparable, no sólo por el hecho de cesar sus servicios en forma tan abrupta e inesperada, sino también por la sensación indefinible de vacío, de alejamiento, de pérdida, ya que se sentía tan identificado e integrado con la empresa y con sus compañeros, que a menudo afirmaba: ¡Primero Dios y en segundo lugar la compañía!, explicando así de manera categórica la posición que la empresa tenía en sus afectos y en su particular escala de valores.
Pata e chancho logró con el paso de los años establecer una peculiar relación con su jefe, produciéndose entre ellos chispeantes y coloridos diálogos donde era difícil adivinar quién se reía o mofaba de quién. Todos los días, a primera hora de la mañana, como parte de un rito casi religioso, era habitual escuchar el siguiente intercambio de palabras entre ellos:
-Buenos días Pata e chancho. Ayer usted no cumplió con mis instrucciones, ¿usted creer que yo huevón?
-¡Sí, señor! -contestaba muy suelto de cuerpo el interpelado con una sonrisa irónica en los labios.
-¡Sí, señor!, -respondía en tono militar el trabajador, como si estuviera contestando al requerimiento de un oficial superior, en posición rígida y actitud firme.
Los trabajadores acostumbrados ya a esta cuasi ceremonia, permanecían a la expectativa en los alrededores y luego celebraban con grandes risotadas el ingenio del pícaro y ladino Pata de chancho.
-¡Güen dar que es diablo este carajo! -exclamaban los testigos del exabrupto. Se las trae este pillo. Pero el jefe no es na de las chacras, opinaban otros. Le gusta el chacoteo y al final de cuentas se ríe del pobre leso, concluían los de más allá.
Los chascarros entre ambos eran la comidilla y el tema de conversación del día. El gringo, con su corpulenta contextura física y su hablar champurreado por una parte, y Pata e chancho, de facciones morenas, gatunas, vigorosas y nobles, por la otra, a pesar de sus diferencias culturales, de costumbres y de idiomas, establecieron desde un comienzo un contacto cordial y ameno que hacía más llevadera la dura y exigente tarea de mantenimiento de máquinas y equipos. Durante momentos de ocio en el taller, era frecuente asistir como testigos a los chispeantes intercambios de epítetos y expresiones chilensis a flor de labio. ¿Usted creer que yo huevón? Y la respuesta inmediata, obligada, en tono burlón e irónico, pero respetuoso: ¡Sí, señor!
Pata e chancho recibió la notificación de desahucio en forma tranquila y sumisa, sin chistar. Por su parte, el gringo farfulló entre dientes un intento de explicación en términos jurídicos: "Artículo 161 del Código del Trabajo, necesidades de la empresa" ¡No sabe cuánto lo siento!
Ese día Oyarce abandonó cabizbajo la fábrica, rumiando sus pensamientos y sentimientos encontrados, intentando hallar una respuesta o alguna causa que explicara su despido. Experimentaba una frustración muy grande que le calaba hondo y que le producía un regusto amargo en la boca. Se sentía decepcionado y traicionado por la empresa, por el gringo a quien siempre consideró su amigo y abandonado por sus compañeros de trabajo y por el sindicato.
A la mañana siguiente, su mujer le encontró muerto, ahorcado, pendiendo de un nudo corredizo hecho con una soga que usaba para colgar ropa mojada en el patio, con el rostro amoratado, el cuerpo rígido y los ojos desorbitados mirando el infinito. Desde entonces, el gringo pasea triste por las dependencias de la planta, con la vista ausente, como si buscara a alguien y a ratos suele murmurar en forma incoherente: ¿Usted creer que yo huevón? ¿Usted verme las canillas?. Sólo la brisa estival, caliente, seca, que se filtra por rendijas e intersticios del viejo edificio, le responde: ¡Sí, señor!
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REFLEXIONES DE VERANO
Es tiempo de vacaciones, es verano. Comparto el desayuno con mi hija mayor, su esposo y mi nieto. La veo tan feliz, él la ama, se quieren, ese amor me hace mucho bien. Ahora podría decir que estoy tranquila con la vida. Ella es la primera, distinta a mis otros hijos en carácter, dulzura, alegre, sociable. Los ojos de ella me recuerdan ese día.
Algo para recordar y dar fuerza a esta etapa de mi vida, a mis 75 años. Mi esposo partió de este mundo. Estoy sola y la vida se me presenta ya sin grandes misterios. Puedo ser sincera conmigo. Sentada frente a este gran ventanal veo el mar. Es febrero. Fuera llueve. Es una lluvia cálida, alegra mi espíritu. Lluvia suave, limpia, aclara las imágenes, nos acerca a las cosas, a los recuerdos como si volviéramos a vivirlos, en su esencia, en sus colores más ciertos. Lluvia, bendita lluvia que lo limpia todo; me descubre el alma secretamente nostálgica por ese hombre, de su ausencia, de su amor. Cuanto lo amé, tanto lo amé. Ahora lo veo más claro. Todo, desde la primera vez que lo vi bailando en ese salón. El lugar elegante, preparado especialmente para la ocasión, escaleras de mármol, alfombra, la etiqueta, la orquesta, la música, todo perfecto, como estar en una película.
De pronto lo vi. Supe en ese momento que mi vida cambiaría. No podía dejar de mirarlo, no veía a nadie más que a él ¡Qué postura! ¡Qué ojos más hermosos! Negros, profundos, grandes, brillantes y sonrientes ¡Qué bien baila, qué galante! ¿Será ella su esposa?, me pregunté. No podía ver a nadie más.
Pregunto:
-¿Con quién baila, es su esposa?
Qué hombre más hermoso, qué manera tan elegante de bailar el tango, cómo guía a su pareja, cómo la toma, parece una princesa en sus brazos ¡No, ella es su hermana que ha quedado viuda hace un tiempo, él no está casado!
Terminó el tango y de pronto gira hacia mí y nos vemos. Se acerca, tiemblo ante su presencia, me saluda. Me pregunta quién soy. Soy sobrina de quien se casa. Le parece extraño no habernos visto antes. Lo miro, su cercanía me agrada, en su mirada me descubro hermosa. Coge mi mano, la música comienza, me toma, bailamos sin decirnos nada, no es necesario, es maravilloso estar en sus brazos.
Bailamos, bailamos y bailamos. ¡Oh Dios! Que esta noche no termine nunca. Mientras me cuenta de sus viajes, lo miro, nos reímos, lo contemplo, sus manos, sus ojos, es hermoso.
Los novios ya se van. Es la hora de volver. El insiste en llevarnos a mi hermana y a mí a casa. Por esos días mi madre nos había mandado donde nuestros abuelos. Mi abuelo, un español, vasco, cascarrabias; mi abuela, hija de argentinos, nacida en Chile, una mujer sacrificada, obediente, trabajadora. Nos despedimos en la puerta: "Vendré otro día por ti". Ya en mi cama, pienso que ese hombre es de otro mundo; ha viajado tanto, ha conocido a muchas mujeres. No me volverá a ver.
Al día siguiente, llegó a casa de mis abuelos a invitarme a cenar y de allí en adelante nos hicimos inseparables. Todos los fines de semana salíamos a bailar, a cenar, me llevaba a los lugares más elegantes de la época. Hacíamos un grupo, con mi hermana y su novio. Todo esto sin que mi abuelo supiera; mi abuelita nos daba permiso. Sin duda, debo sinceramente recordar que fueron los momentos más hermosos de mi vida. Lo amé, tanto así lo amé, hasta la entrega más pura e inocente que una mujer le puede dar a un hombre. Me parecía increíble ser tan feliz.
Un día llegó mi tío, diciendo que lo había visto con otra mujer, que estaba comprometido, que él no entraría más a la casa. Me prohibió verlo. Y a él lo amenazó, le prohibió acercarse a mí. Su padre, un hombre de negocios, un extranjero importante, empresario, lo mandó de viaje al sur mientras pasara todo este mal entendido, pues no permitiría exponer a su familia a un escándalo.
Esperé sus cartas, día tras día, y nada. No podía creer que todo era mentira. Era tan hermoso lo que había vivido. Me enfermé, creo que de nostalgia. Caí en cama muy débil, con temperatura. Mi abuela lloraba junto conmigo. Pasaron unos pocos días, traté de esforzarme por estar bien.
Desde hacía un tiempo, frecuentaba la casa de mis abuelos un amigo del tío, un hombre mayor, muy formal. Ellos acostumbraban a jugar dominó o ajedrez algunas tardes. Me miraba siempre. Un día habló con mi abuelo y pidió mi mano, dijo estar hacía mucho tiempo enamorado de mí. Era un buen hombre, trabajador y muy religioso. El abuelo conversó con mi padre, quien estuvo de acuerdo que era lo mejor para mí. Todo se hizo muy rápido. Mi madre, muy preocupada de la vida social, me aconsejó que era lo mejor. Estaba muy contenta.
Me casé. Mi matrimonio fue una fiesta muy bonita, más bien sencilla, con mucha gente que no conocía. Mi esposo era el quinto hijo en una familia de doce hermanos.
Mis hijos comenzaron a llegar, uno tras otro. Los vi crecer muy junto a mí, dediqué a ellos todo mi tiempo, estuve con ellos siempre. Mi esposo tenía varios negocios, salía muy temprano cuando los niños aún no se levantaban y volvía tarde cuando ellos ya estaban dormidos.
Alguna vez lo escuché reprocharse haberse perdido disfrutar más con ellos a esa edad. Los primeros años de matrimonio fueron tranquilos, con bastante holgura económica, vacaciones, viajes. Pero mi marido comenzó a jugar y el juego fue su perdición.
La empresa quebró, nos quedamos llenos de deudas. Tuvo que vender casi todo para poder pagarlas. Nos redujimos a un pequeño departamento que fue lo único que pudimos comprar. Costó un tiempo habituarse a vivir en espacios más pequeños después de vivir en una casa tan grande y cómoda. Nuestra situación económica nunca más volvió a ser la misma. Trabajando mucho, procuramos continuar dándoles a los niños una buena educación. Comencé a trabajar como secretaria en la oficina de mi hermana. Creo que lo soporté todo, porque en mi corazón permaneció siempre vivo el recuerdo de mi amor, de él.
Supe que me escribió una carta cada día, esas cartas no me llegaron, mi tío las recibía. Ni siquiera antes de morir, durante su agonía, me lo confesó. Con los años, ya sola, mi tía se hizo más cercana a mí, nos conocimos más y me lo contó. Le había prohibido que me hablara de las cartas. También, que él intentó desesperadamente verme el día de mi matrimonio, quería conversar conmigo, decirme que todo había sido un malentendido, que me amaba. No podía comprender lo que pasaba ¿por qué? ¿por qué nunca le contesté sus cartas? ¿cómo podía casarme?
Por una amiga de años, quien conoció muy de cerca mi historia, me enteré de él. Estos últimos 30 años ha vivido en Madrid. ¡Cómo quisiera decirle hoy que su hija es feliz y que tiene un nieto hermoso! Ahora que ha pasado el tiempo y que no tengo temor, un día de estos, conversaré con ella, le diré que sus ojos son como los de él, que es hija del amor, y que tiene todo el derecho a ser feliz.
He dejado, hace un rato ya la ventana y me enfrento a una lluvia que ya no es más. La brisa marina en mi rostro se conjuga con mis lágrimas, camino por la playa, descalza y siento la arena húmeda bajo mis pies, respiro profundo y sonrío, le doy gracias a Dios por estar siempre a mi lado, con mi historia, con la pureza del amor que no muere jamás.
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UN LUGAR MUY PARTICULAR
¿Te acuerdas, vieja, cuando por el 82 anduve quedando cesante? Eran los tiempos de la crisis bancaria -decían los entendidos-. Mucha deuda externa y otras vainas por las que atravesaba el país hicieron cerrar la fábrica de colchones en la que había trabajado por tantos y tantos años y de un día para otro me quedé -y nos quedamos- de brazos cruzados. Pensamos que no iba a ser tan malo, que ya que era un obrero calificado y conocido de la zona me contratarían en otra parte, que la cosa no era tan peor, que la esperanza es lo último que se pierde.
Al correr los días y las semanas ya no solamente nos cruzábamos de brazos, sino que nos íbamos agarrando la cabeza, primero suavemente, más tarde con angustia y luego con desesperación. La indemnización que me habían pagado por despedirme se iba terminando. Siempre habíamos hecho planes para el caso que nos cayeran algunos pesitos del cielo: haríamos mejoras en la casa para que fuera más fresca en verano. Sobre todo tú, vieja, ansiabas la galería y la pérgola con flor de la pluma que se da tan bonita por acá para tomar mate al atardecer... Y yo quería arreglar el parronal que, añoso, se nos podía venir al suelo de puro cansado. También pensábamos construir una pieza para los nietos más pequeños que ya sumaban siete, contando a la Elvirita casi recién nacida -tan bonita ella-. Claro teníamos nuestro dormitorio y dos más que los hijos casados ocupaban cuando nos venían a ver desde otros lados, pero nos hacía falta un cuarto más, para dejarla -decías tú sonriendo- como casa principal de ciudad.
Entonces, mi vieja, te recordarás cómo salí a buscar trabajo por todas partes, ofreciéndome para lo que fuera con tal de seguir activo y vigente a mis 54 años, ya cerca de jubilarme y sin pega, te decía. Tú sufrías callada mi pesar -tan nuestro- pero en tus ojos se notaba cuánto compartías mi pena. Estiraste el exiguo presupuesto durante mi peregrinar y siempre tuviste una palabra de aliento y una comida sabrosa que preparabas con tanto amor y enjundia, me decías divertida.
Habían transcurrido dos a tres meses -vieja linda- cuando un día me fueron a buscar de parte del gerente de una fábrica pequeña pero muy antigua de nuestro pueblo sureño, de la que poco y nada se sabía y la que era un misterio para todos. Estaba pintada de blanco y amarillo oro por fuera y la llamábamos el huevo duro y nos hacía mucha gracia. De un piso de no más de dos metros de alto y de una arquitectura muy irregular para nuestro gusto campesino y conservador, llena de retorcidos arabescos que adornaban su alféizar y una puerta chica para acceder, de madera clara con cristal.
El mensaje que recibí era que debía juntarme con él en la puerta de la Catedral al día siguiente y me arreglaste mis mejores pilchas para ir a la cita. Temprano estuve en el lugar indicado. Me encontré con un hombrecito con apariencia de gnomo, bizco y bonachón, de terno y reloj con cadena al bolsillo -que me hizo acordar del señor Conejo de Alicia en el País de las Maravillas-, quien, luego de informarme en qué consistía el trabajo, me insistió mucho en que no podía contar ni comentar con nadie lo que se hacía en la fábrica y que si yo decía lago, aunque fuera a la familia, sería despedido de inmediato. Don Efraín me había seleccionado de entre otros porque conocía mi discreción y algunas otras cualidades que no cabe describirte.
Quedé juramentado de guardar silencio y acepté su ofrecimiento. Y esa fue la razón por la que te inventé -ante tanta pregunta, mujer- un mar de cosas que ni me acuerdo ahora, vieja.
Agarré mi bici y partí al lugar al día siguiente. Ya desde el acceso principal se notaba una especie de sonido sordo y dulzón. Cómo te lo explico...el olor era peculiar, como a azúcar quemada con vainilla y como a tabaco de pipa, penetrante, rico. ¡Y la música! Un sonido de aguas cantarinas... de arroyos... de ángeles... de flautas...
Mi tarea era de capataz, a cargo de la vigilancia de las obreras que trabajaban en las diferentes secciones, todas ellas -te lo juro, vieja, de no creerlo- mujeres mayores. Claro -tú bien lo sabes- que yo había trabajado en eso de los colchones durante tantos años: fabricando colchones de lana pura de oveja, a la más antigua, con coty de colores muy vivos, siempre dedicado y sin faltar un día. Pero sabía de eso no más y un poco de cultivar la tierra; había que aprender algo nuevo.
Y poco a poco, mientras me empapaba de esta nueva tarea, me fui encontrando con sorpresas. La primera sala que visité era toda en tonos rosa y colorado: pequeña, donde predominaba un exquisito olor a frutillas y frambuesas frescas. Seis señoras -sin duda abuelas- pequeñas, regordetas y de moño cano trabajaban con ella. Dos elaborando una especie de líquido transparente como almíbar, otra hacía que esta mezcla se esparciera en una batea de aluminio y antes que se enfriara -porque era un líquido caliente- otra aplicaba una especie de cortador que venía de lo alto y hacía que el líquido se convirtiera en minúsculas circunferencias. Y otras dos envolvían a mano las pelotitas rojas y rosadas en unos papeles crujientes dorados con blanco y rosa y las iban metiendo en unas cajas de cartón del tono. Los delantales de las trabajadoras eran blancos y rosados, impecables. Y la música -otra sorpresa vieja-, eran ellas las que entonaban canciones chilenas de esas de antes, como La Tranquera, ¡que tanto nos gusta! Te lo prometo que era delicioso.
La sala siguiente era en tonos verde limón y naranja, pintada a franjas y el efecto que producían las rayas en los muros era muy grato. Un olor ácido y a azahar se esparcía generosamente por el espacio y se respiraba un ambiente de paz y armonía. De igual forma que en la anterior, había seis mujeres mayores y bajitas, con sus delantales y sus moños canos trabajando con canastos de limones y naranjas que una vez pelados se mezclaban con azúcar y producían ese delicioso almíbar, el que una vez en la batea de aluminio se cortaba en forma de gajos los que se envolvían en papeles crujientes plateados con verde limón y naranja y se ponían en sus cajas. Aquí también nuestras amigas cantaban unas hermosas tonadas de siempre y cuando se detenían, había nuevamente música de aguas.
Debo confesarte -vieja querida- que las mujeres se veían muy felices de trabajar ahí, en esta misteriosa fábrica, donde se elaboraba la delicia de chicos y grandes, felicidad que como te diste cuenta, era felizmente contagiosa. Y es más, yo mordiéndome la boca para no contarte de qué se trataba mi nuevo puesto, pero tan feliz.
Seguí mi recorrido por la fábrica hasta llegar a un recinto más pequeño todavía: ahí las abuelitas elaboraban un delicioso mazapán de almendras. Sus figuras eran verdaderos centros de mesa de pequeñas frutas que salían mágicas de sus manos: peras, fresas, frutillas, plátanos, manzanas, limones, duraznos, naranjas, guindas y trozos de sandía, todas saborizadas y pintadas con jarabes naturales de las mismas frutas. Ellas trabajaban sentadas, cantando y tenían un aspecto de palomas empollando, con sus delantales albos, sonrientes y graciosas.
¡No te imaginas -vieja mía- lo exquisita que ha sido y es mi estada en este lugar tan particular, lleno de magia, musical y fragante! Nueve años llevo ya de armonía -y de silencio que has sabido respetar- junto a deliciosos seres humanos, hadas, gnomos y otros personajes de cuentos para niños- que también son para nosotros los viejos-, en la casita de Hansel y Gretel, porque así es, igualita, con sus olores y sus colores, todo un sueño del que no quiero despertar, porque tú me has visto contagiado de felicidad desde un comienzo y porque -¿algo intuyes con tu mirada pícara?- estás esperando mi llegada los sábados por la tarde sabedora que traigo conmigo -para que compartamos con la familia y los amigos- una caja llena de toda suerte de deliciosos caramelos de fruta fresca y de esos adorables mazapanes que compro en el pueblo!
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WISKEY LE-ROY
¿Usted ha viajado a Valparaíso? Seguramente ha divisado Placilla de Peñuelas, pueblo rural que está al lado oriente del Lago Peñuelas, y que hasta hace poco, estaba rodeado de pinos radiatas.
Es un lugar de clima privilegiado y, en sus primeros años, fue residencia de ilustres extranjeros tales como el noruego Olaf Christiansen, fundador del Bote Salvavidas de Valparaíso, los Wilson, los Vissentainer, los Olsen y tantos otros. ¡Qué hermosas eran las casas de estos personajes, llamaban la atención por su singular arquitectura!
En su próximo viaje al puerto conozca Placilla de Peñuelas. Recorra sus polvorientas calles y de algún lugareño podrá escuchar antiguas leyendas. Con seguridad le hablarán del Ciro Vissentainer, que era el mejor jugador de fútbol; de Marcela, su hermana, la joven más hermosa de esa localidad, sus bellos ojos celestes, su cabello dorado, su fina figura...Imagínese una mezcla de la Claudia Schiffer y de la argentina Valeria Mazza ¿Quién de Placilla y sus alrededores no estuvo enamorado de ella? ¿Por qué no fue Miss Chile?
A su hermosura exterior habría que agregar la calificada sensibilidad y el respeto con que trataba a los pobres: claro que en Placilla de Peñuelas, en el año 1960, nunca hubo diferencias entre ricos y pobres. Entre ellos se conocían, se respetaban y compartían la solidaridad, en el bien entendido de su significado. Prueba de ello es el recibimiento y el hospedaje que, por más de seis meses, se tuvo con niños damnificados provenientes de la siniestrada ciudad de Valdivia, ello sin costo para el gobierno y solventados sólo por los ricos del pueblo y atendidos con el trabajo desinteresado y voluntario de mujeres de condición modesta. ¡Qué hermosos tiempos aquellos! ¿Qué será de Marcela Vissentainer? Con seguridad estará ayudando a los necesitados y solucionándoles problemas; eso sí sin publicidad y en forma confidencial. Realmente esa hermosa joven era muy especial. ¡Qué lindo sería volver a verla y agradecer en ella el trabajo de sus padres en tantas acciones en favor de personas de escasos recursos!
Aquí, el año 1960, conocí al señor Wiskey Le-Roy, una mezcla de hippie, linyera y vago, pero siempre correctamente vestido. Difícil calcularle su edad, era de finas facciones y con aspecto extranjero. En mejores condiciones pasaría por un súbdito londinense. ¿Cómo Wiskey Le-Roy llegó a Placilla? Jamás lo pude saber. Unos dicen que arribó junto con el señor Malatesta en el trasatlántico Donizetti que en esos años asomaba a Valparaíso junto con el Rossini y el Verdi. Otros dicen que lo vieron bajar, con arreglo de un huachiman, en un Buque Santa, en el cual viajó de pavo. En fin, lo cierto es que, pese a que no se le conoció oficio alguno, siempre renovaba vestuario y calzado de la mejor calidad. En un año le alcancé a contabilizar tres relojes diferentes: un Eterna Matic, un Longines y un Rolex, los que empeñaba para seguir embriagándose ¡Qué extraño personaje!
Wiskey Le-Roy a todos saludaba con la expresión "Hello" y hablaba un confuso español, siempre con una sonrisa, a través de la cual se apreciaba su hermosa dentadura, claro que mal cuidada por falta de higiene y su extraña costumbre de beber solo whisky en el Restaurant Las Palmeras, ubicado al lado del retén de Carabineros.
Jamás bebía otro licor y, era común verlo en estado de ebriedad botado en cualquier lugar. El Sargento Madariaga y los carabineros del Retén nunca lo detuvieron, ya que para ellos era un extranjero vicioso y sin remedio, el que no le hacía daño a nadie.
Extrañado por los variados comentarios que se hacían sobre su origen, decidí espiarlo, en especial para saber la forma de su subsistencia, ya que, tanto dormía en las calles, ya bajo los pinos del bosque, al lado del estero y en forma esporádica en su humilde pieza que el señor Pikuinanttes le había facilitado.
La vigilancia no era tarea fácil, ya que Wiskey Le-Roy era de acciones imprevistas y éstas las podía realizar a cualquier hora del día o de la noche.
Un domingo veraniego, mientras me bañaba en el Estero de Placilla, lo vi pasar muy presuroso y, aprovechando esta oportunidad, lo seguí, sin que él se diera cuenta. Wiskey Le-Roy caminó y caminó en dirección a Laguna Verde.
Luego de quince minutos dejamos atrás el bosque de pino radiata, llegando a un sector muy alejado, donde está el puente más hermoso y el menos conocido de la Quinta Región, que no presta utilidad alguna. Luego continuó por unas vegas hasta una pequeña meseta, verdadero paraíso para gran cantidad de culebras, que para calentar su sangre se mimetizaban con palos resecos diseminados por el lugar.
Al final, después de casi tres horas de viaje, Wiskey Le-Roy llegó a una zona que más bien parecía un paisaje lunar; una al lado de la otra había más de doscientas rocas, todas de enormes proporciones. A la distancia observé a Wiskey Le-Roy, afirmado en una de ellas emitiendo quejidos, a ratos llorando para finalmente arrodillarse hasta caer desmayado.
Aprovechando esta circunstancia me acerqué y alcancé a divisar un raro crucifijo de metal amarillo brillante, incrustado en una roca de color negro con la inscripción "AT THE MEMORY OF DEAR FATHER" y una fecha que no identifiqué. Extrañado por este verdadero descubrimiento, inexplicable por la lejanía y lo solitario del lugar, no detecté una rama seca que al pisarla ocasionó un ruido que despertó a Wiskey Le-Roy, quien me fulminó con su mirada y levantándose intentó atraparme. Al verme sorprendido, arranqué del lugar en dirección a Placilla, con Wiskey Le-Roy persiguiéndome, gritándome garabatos y amenazándome con una varilla de sauce en su mano.
Después de haber corrido como unas dos horas y pasado el puente, el que tiene una altura impresionante, que no sé por qué no ha sido descubierto por estos famosos deportistas de alto riesgo que saltan al vacío amarrados a una cuerda, y con Wiskey Le-Roy ya prácticamente soplándome al oído, tropecé y caí a una acequia sintiendo sólo un golpe seco en la cabeza.
Seguramente perdí el conocimiento. Al otro día, desperté todo adolorido en el Hospital E. Deformes, sí ese mismo que fue destruido para levantar el Congreso Nacional y vi a mi padre con una actitud severa en su rostro, quien me expresó: "Te salvaste jabonado de la muerte". En esos instantes llegó el doctor Garnica y me pidió que le contara quién fue la persona que me suturó la herida en mi antebrazo derecho, ya que estaba sorprendido que lo haya hecho con crin de caballo, que sobre ella se hubiera colocado una hierba medicinal desconocida y que toda la abertura fuese tapada con hojas de matico y cataplasma de barro.
Según el médico, todo fue hecho a la perfección y gracias a ello se había detenido la hemorragia y que de no haber sido así hubiera fallecido por anemia. Es más, según el mismo doctor, todo lo hecho denotaba acabados conocimientos de medicina, siendo la técnica de la sutura hecha a la perfección. A dicha consulta manifesté que nada sabía, pero en mi interior sentía que Wiskey Le-Roy mucho tenía que explicar al respecto. Pero, ¿quién me creería si hubiera dicho algo así?
En la tarde de ese día, para mayor sorpresa, la enfermera Luisa Bournicat me hace entrega de una carta escrita en inglés, que según ella se la había dejado un indigente que fue atropellado frente al hospital y que falleciera a las tres horas de haber ingresado en el nosocomio, el que en todo momento preguntaba por Jorge, el lesionado de Placilla. En ella se me decía: "Jorge, usted sabe la verdad. No se la cuente a nadie, espere unos años porque es muy niño para encontrar el cofre con monedas de oro. Soy doctor y descendiente de Gerald Robinson, quien fuera tripulante del buque comandado por el corsario inglés Francis Drake. El tesoro está ahí, búscalo y siempre usa el dinero para vivir decentemente y lo más importante, nunca hagas alarde de esa riqueza".
Dos semanas después fui dado de alta sin complicaciones y mi padre me lleva donde don Vitorio, el dueño de la Pastelería La Condesa, que se encuentra ubicada al lado norte de la Avda. Argentina, frente a Pedro Montt. Este italiano, después de haberme regalado un paquete de galletas y pasteles, me expresa que conocía perfectamente a Wiskey Le-Roy.
Que era él quien cada cierto tiempo le compraba las monedas de oro y que sabía que yo conocía el secreto y me ofreció comprarme todas las monedas de oro que pudiera traerle, sin saber él que ya había decidido respetar la voluntad de Wiskey Le-Roy, de buscar el tesoro sólo después del año 2000.
Hoy, ya adulto, he decidido contar esta historia y a usted lector desconocido, si se interesa, lo invito a que juntos organicemos una excursión e intentemos encontrar el famoso tesoro de Drake.
Le aseguro que esas monedas de oro están esperando. Primero deben ubicarse los huesos ya calcinados de dos esclavos por los cuales este corsario se hacía acompañar y que luego asesinó para asegurarse que sólo él conocía el escondite.
Si usted se interesa, llámeme al fono 6220753 y le aseguro que intentaremos la expedición.
Nota de la editora: en algunos casos, se modificó la puntuación en esta compilación, sin alterar el contenido ni estilo de las obras.
Santiago, Junio 2000